Coment No. 77, 15 de noviembre de 2001
DENTRO DE CINCO AÑOS
Desde el 11 de septiembre, el gobierno estadounidense ha venido insistiendo machaconamente en el lema "estemos alerta", si bien "la vida normal debe continuar". En este momento, cuando el panorama militar en Afganistán se muestra adverso para los talibán, ¿dónde debemos rastrear la prosecución de la "vida normal"? Quizá en Doha, donde acaba de concluir la conferencia de la Organización Mundial del Comercio.
Esa conferencia se ha celebrado en Doha (Qatar) porque ningún otro país se ofreció como sede, por miedo a las dificultades para controlar a los contestatarios del movimiento "antiglobalización" . La decisión fue eficaz en ese sentido, reduciendo drásticamente el número de opositores en comparación con Seattle. Los acontecimientos del 11 de septiembre desempeñaron, por supuesto, un papel decisivo en esa reducción.
Doha pareció terminar casi con un éxito, ya que se alcanzó cierto tipo de acuerdo. Pero también nos indica que el futuro de la economía-mundo no es una simple cuestión de lucha entre los que defienden y los que se oponen a la "globalización". Lejos de ello, como escribí el 15 de diciembre de 1999 (Comentario N1 30) refiriéndome a Seattle. Hay tres batallas diferentes, con distintas líneas de demarcación en cada una de ellas. Hay una batalla entre Estados Unidos y la Unión Europea, otra entre el Norte y el Sur, y está por último la batalla entre las fuerzas que desean proteger el entorno medioambiental y los derechos conquistados por los trabajadores, y las opuestas.
Los Estados Unidos lograron algo importante en Doha. Deseaban una reanudación de las conversaciones sobre una mayor liberalización de la economía-mundo, y obtuvieron el acuerdo de que se iniciaran esas conversaciones. Se admitió que constaran en acta las reservas de India. E "iniciar" no significa, por supuesto, "concluir". Para alcanzar al menos esa decisión, Estados Unidos tuvo que hacer concesiones en dos cuestiones importantes. Tuvo que admitir que las subvenciones agrícolas europeas no quedaran en el futuro formalmente proscritas, sino simplemente sometidas a negociaciones adicionales. Y tuvo que admitir una relajación de las patentes proteccionistas de las empresas farmacéuticas (una relajación, no la supresión). No se aprobó nada para el entorno medioambiental, y apenas nada para un acceso más fácil en el Norte a los textiles producidos en el Sur.
)Dónde nos deja todo esto? El editorial del Financial Times del 14 de noviembre, "Un acuerdo en Doha", dice: "Alcanzar un acuerdo requería tantos compromisos y precauciones que la agenda final es casi insignificante". Estoy de acuerdo. En la economía-mundo, como en Afganistán, todas las opciones siguen abiertas. Todos los participantes siguen todavía en pie, y no está asegurada una evolución determinada de los acontecimientos.
Yendo a Doha, desde Europa llegaron dos señales de advertencia para Estados Unidos. Una de ellas fue la afirmación de Pascal Lamy, el comisario europeo de Comercio: "Nuestra preocupación por el desarrollo nos sitúa en la posición de intermediario entre Estados Unidos y los países del Sur". No está nada claro que ni Estados Unidos ni el Sur acojan con satisfacción ese papel de Europa como intermediario. Pero eso es poco consuelo a medio plazo para Estados Unidos, que prefiere considerarse a sí mismo como líder de un Norte unido. En cuanto a la segunda, apareció en la revista para empresarios portugueses Fortunas e negocios. En su número de noviembre exponía sin ambages dos planteamientos que se están haciendo con más circunloquios en toda Europa. Su principal artículo sugería las ventajas económicas de un eje París-Berlín-Moscú, que iría desde Lisboa hasta Vladivostok, enfrentado a unos Estados Unidos que hacen cuanto está en su mano por "mantener débil a Europa" . Y su editorial señalaba, aún más provocadoramente, que Europa poseía una larga tradición de vínculos con el Islam, que ha llevado anteriormente a reconciliaciones. Y añadía: "El Islam es [...] un caso paradigmático para Europa, porque económicamente también tenemos un adversario común".
El gobierno estadounidense parece pensar que los sucesos del 11 de septiembre le han dado la oportunidad de recrear su papel como centro de una coalición mundial contra una pequeña minoría de fuerzas malignas. Y se está felicitando por el éxito que parece haber alcanzado en ese propósito. Pero tendremos que evaluar de nuevo la situación dentro de cinco años para comprobar si la desilusión es parcial o total.
Lo primero que tendríamos que considerar dentro de cinco años es si, pese a la OMC, existen o no tres zonas económicas relativamente separadas de hecho: América, Europa (desde Lisboa hasta Vladivostok) y el Este y Sureste de Asia. Un encuentro de la ASEAN al que no se ha prestado mucha atención llamó recientemente a la creación de una zona de libre comercio que incluya a China, a fin de alcanzar "mayor independencia+"con respecto a Estados Unidos. La admisión de China (y Taiwán) en la OMC tendrá un efecto importante al que tampoco se ha prestado la debida atención. Acelerará considerablemente las inversiones taiwanesas en China y el comercio mutuo, llevando a una integración de hecho entre ambos, transformando la política interior de Taiwán y favoreciendo los objetivos chinos en la región.
Un segundo aspecto a considerar dentro de cinco años es si, y de qué forma, las fuerzas que constituyen el movimiento de Porto Alegre pueden reagruparse, darse a sí mismas algunos objetivos concretos que exigirán un amplio apoyo, y alcanzar cierta coherencia organizativa.
Y un tercer aspecto a considerar es el impacto de la depresión económica sobre la política interior de Estados Unidos. En cualquiera de los dos escenarios más probables (que Afganistán se mitigue como problema, o que Estados Unidos se vea atrapado en un lodazal permanente en Afganistán y el mundo islámico en general), la consecuencia probable es un colapso de la unidad coyuntural estadounidense. La política en Estados Unidos puede volverse mucho más áspera que en las últimas décadas, y podría haber algunos realineamientos.
En lo que hay que pensar, como cuestión crucial, es en las tendencias a largo plazo.
Immanuel Wallerstein (15 de noviembre de 2001).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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